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De cómo la mirada de un niño te puede ruborizar

Si llegas allí y te encuentras con él, posiblemente te de un vuelco el corazón. Con toda probabilidad te mirará con desparpajo, sin ningún tipo de rubor, porque la vida ya le ha dado suficientes palos como para tener reparos y vergüenzas innecesarias. Te brindará una sonrisa repleta de curiosidad y, al verte acompañado de dos niñas de más o menos su edad, te preguntará: "¿Vienen a ingresar?". Entonces a ti, se te hará un nudo en el estómago, porque sabes que ellas son tus hijas, que te acompañan en una visita a los amigos que llevan ese centro de acogida y que sólo están de paso, impregnándose de esa otra realidad. Sólo están pasando un domingo diferente en un lugar en medio de la sierra. Un lugar que los amigonianos convirtieron en una casa para menores que necesitan abrir las ventanas a una nueva vida.

Si te pasa eso, si te encuentras con un niño que permanece allí un domingo, sabrás que no se ha podido ir con su familia porque posiblemente no exista; o porque su padre y su madre sean sólo una sombra de lo que entendemos como tal. Si te pasa eso, ya no olvidarás su mirada durante todo ese día. Ni siquiera durante los días siguientes. Ya no olvidarás la imagen de aquellos chavales jugando al fútbol en un patio de ese centro de acogida que se convirtió en su hogar. La tabla de salvación que les rescató de su naufragio.

Si algún día llegas a un centro de menores como éste, posiblemente valorarás más lo que tienes. Verás a los tuyos de manera diferente, te darás cuenta de que ese estercolero político en el que vivimos, este vertedero de la corrupción en el que construimos nuestra casa, es todavía más indigno de lo que pensabas. Porque mientras el mundo zozobra entre mordidas e indecencias políticas, allí se trabaja al límite por mantener abierto un hogar para menores desarraigados. Apeados de la vida. Allí, religiosos atados a la austeridad y educadores entregados en cuerpo y alma a su labor trabajan por mantener abiertas las puertas de un lugar que ya es el hogar de los supervivientes.

Si algún día llegas hasta este centro de menores y te enteras de que la administración les debe dinero por tener a críos que ella misma les remite, si descubres las dificultades que tienen día sí y día también por seguir hacia delante, si conoces todo eso... posiblemente la rabia se apodere de tu yo más interno y te de ganas de gritar en plena calle que es una indecencia.

Pero ellos necesitan que no haya ruido, que les sigan dejando trabajar, que les permitan continuar haciendo posible el milagro de la supervivencia. Necesitan que ,desde la discreción, les dejen salvar a esos menores a los que la vida les había condenado a pudrirse en el foso de la miseria. Niños. Eran simplemente niños. Besos.

 

Artículo publicado el 15 de noviembre de 2014 en Las Provincias.

EL COMECOCOS

JESÚS TRELIS

 

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